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18
Nov 09

Alerta gripe

Estas últimas semanas nos llegan noticias del aumento de la incidencia de la gripe que hemos denominado H1N1 o gripe A, para evitar crear confusión con la antigua denominación de gripe porcina. El número de nuevos casos aumenta de forma exponencial en los últimos días, encontrándonos en plena situación de pandemia. El virus creó una auténtica alarma cuando se estudió su genoma, ya que estaba constituido por genes del virus de la gripe aviar y porcina entre otros, lo que lo caracterizaba como novedoso, pero con el paso del tiempo se cree que se convertirá en otro virus estacional que creará epidemias cada año, es decir, el año que viene será considerado como un virus normal de la gripe estacional.

Desde las autoridades sanitarias se ha venido informando y recomendando acerca de lo que puede hacer la población en este caso y en casos similares. Todo el esfuerzo se centra, por un lado, en evitar el contagio, para lo que se proponen unas medidas higiénicas (lavado de manos, evitar el contacto dándose la mano o un beso al saludarse, utilizar pañuelos desechables, etc.) o de aislamiento ante la aparición de los primeros síntomas. Los mayores esfuerzos, por lo tanto, se emplean en evitar el contacto con el microorganismo, es decir, evitar el estímulo que provocaría nuestra reacción de respuesta; no obstante, en la situación en la que estamos la mayor parte de la población ya hemos tenido algún contacto con el virus.

La única alternativa que nos ofrecen para mejorar nuestras defensas se resume a la vacunación. Esta recomendación vuelve a dejar a la persona en una situación de absoluta pasividad. Parece que todo lo que podemos hacer para evitar desarrollar la enfermedad consiste en aislarnos y vacunarnos. Pero ¿podemos hacer algo más? Tal vez los lectores estén esperando que aclare si hay que lavarse las manos tantas veces, si vuestros hijos lo deben realizar con los alcoholes gel tan de moda (¿verdaderamente protegen?), si hay que vacunarse o no y qué opinión tengo de la propia vacuna.

Pero el artículo de esta semana va encaminado a qué acciones podemos realizar para intentar prevenir la aparición de la enfermedad, porque para mí la cuestión fundamental no está en si vamos a tener contacto o no con el virus – es muy probable que ya lo hayamos tenido como hemos comentado – sino cómo, cuándo y por qué puedo desarrollar la enfermedad y comenzar con los síntomas o no desarrollarla a pesar de frecuentes e importantes contactos con dicho microorganismo.

No será casualidad que penséis que es con la aparición del frío, la humedad, la disminución de las horas de luz, cuando nos hacemos más vulnerables a este tipo de patologías. El otro día oí en los medios de comunicación que con el frío los microorganismos se desplazan y se distribuyen más fácilmente, de ahí el aumento de los contagios, sin dar ninguna importancia a cómo nuestro organismo también siente el descenso de las horas de sol, el frío, la humedad, de forma similar a otros seres vivos y estas circunstancias nos debilitan; no hacen más fuerte al microorganismo, sino a nosotros más sensibles.

De ahí que la cuestión es: ¿tengo suficiente vitalidad para impedir el desarrollo del virus en mi organismo?, ¿cómo puedo mejorar esa capacidad?, ¿es posible?, ¿se puede mejorar y optimizar la salud? Como os podéis imaginar la respuesta es sí y en este caso se realiza mejorando nuestro sistema inmunitario, que es el encargado de evitar que nuestro cuerpo sea un alimento para otros seres vivos.

El sistema inmunitario está distribuido por todo nuestro cuerpo. Son células, las cuales bien directamente o a través de la formación de sustancias que conocemos como anticuerpos, realizan esta función. Cuanta mayor vitalidad tengan estas células, mayor capacidad defensiva tendrán y menos probabilidades de contraer enfermedades infecciosas y de desarrollar cáncer.

Pero vamos a concretar, ya que no me gustaría finalizar esta colaboración sin aportaros alguna recomendación para optimizar vuestra salud. A las recomendaciones ya clásicas de la medicina natural (pero no por ello despreciables) de descansar más, tomar más frutas y verduras frescas para incrementar los niveles de vitaminas y minerales, principalmente la vitamina C, no ingerir bebidas ni comidas frías, comer más sopas, purés, etc., protegerse del frío y los cambios de temperatura, en los últimos tiempos se le está dando mucha importancia al intestino delgado y al grueso en particular en relación con la salud y con la inmunidad.

Hace años teníamos respecto al intestino un concepto de eliminación de residuos, un lugar donde reteníamos agua y poco más; luego fue descubriéndose la producción de la vitamina K que nos previene de las hemorragias y últimamente nos hemos familiarizado con la importancia de la flora intestinal (principalmente por un yogurt muy consumido en la actualidad). La flora intestinal es muy importante en el desarrollo de los procesos de defensa inmunitaria, de ahí que mi recomendación sea el que si habéis tomado antibióticos últimamente, si tenéis un intestino sensible, con heces blandas o incluso diarreas frecuentes, os aportéis un suplemento de prebiótico y probiótico en esta época del año. También algunas plantas como la equinacea y oligoelementos como el cobre nos ayudan a mejorar nuestro sistema inmunitario y, por supuesto, nuestras amigas las abejas que nos aportan una serie de productos muy inmunoestimulantes como la jalea real, el polen y el própolis, ampliamente estudiado por IDOKI y que hemos incorporado en nuestra línea dermatológica por sus efectos antimicrobianos.